¡No soy una señora!

Por: Jarnatural

Siempre que alguien por formalismo nos dice “señor/a” un pedacito de nuestra joven alma se marchita.

En días pasados iba camino a mi apartamento y una mamá con un niño de cinco años, se cruzaron en mi camino. Estábamos  esperando el ascensor y cuando la puerta se abrió el niño dijo: —Mamá, deja pasar a la señora—.

Cuando escuché la palabra S E Ñ O R A  mis oídos retumbaron. —¡Pero si todavía ni me he casado! —pensé—. ¡Ni si quiera sé qué quiero hacer con mi vida como para ser una señora!—. Volví a pensar.

¿Será que luzco vieja? ¿Será que reflejo más años de los que tengo? ¿soy muy anticuada en la ropa que uso?

No. Es que según la percepción del niño, yo no soy precisamente una jovencita. Vieja la cédula, díce mi mamá. Y ni eso. Solo que ya no tengo 15 años.

Mis pensamientos comenzaron a dar vueltas en los diez segundos del elevador, con la mirada incesante del niño.

Claro, para él, yo ya soy grande. ¿Qué soñaba yo ser cuando grande?  Recuerdo que imaginé muchas veces convertirme  en bailarina, escritora, mecánica o señora del peaje. Nada de eso sucedió.

A la misma edad que tenía ese niño del ascensor, los adultos para mí, eran seres aburridos.  —No. Yo no voy a ser así—; me decía. En mi mente infantil imaginaba que sería divertida, exitosa, famosa, y tendría una vida de película con una profesión envidiable.

Yo le decía “señor o señora” a las personas adultas, esas que me llevaban muchos años de diferencia. Que el niño me llame así, me hizo aterrizar. Para mí, tener treinta es seguir siendo joven, así él me vea vieja; porque a su edad,  los treinta  llegarían mucho, mucho tiempo más adelante.

Para mí, tener treinta es seguir siendo joven, así él me vea vieja

Sin embargo, de la adultez habían ciertas cosas que me inquietaban;  por una parte  no era tan divertido trabajar, pagar tarjetas de crédito, ver noticieros  o escuchar boleros. Y por la otra, tenía sus cosas interesantes: enamorarse de un galán de telenovela, tener un buen trabajo, ganar dinero y comprarse cosas bonitas que incluían desde libros hasta vestidos. La vida era tan fácil en la niñez, que pensé que ser adulto sería igual de sencillo, pero no es así.

El tiempo pasó tan rápido que no lo noté. Los años se me fueron rapidísimo. En un abrir y cerrar de ojos pasé de jugar con muñecas a decidir qué carrera estudiar y entrar a la  universidad. Luego, sin notarlo pasé a tener treinta y un trabajo corporativo.  Así que tengo  que aceptar que gustándome o no, soy  esa persona “grande” que no quería ser y hasta razón tenía el niño para llamarme señora.

Crecer no es volverse viejo, es aprender a vivir el momento de cada época.

Nadie nos dijo cómo podríamos sobrevivir cuando creciéramos, ni nadie tendría por qué hacerlo. Tocó  aprender a punta de errores. Tocó aprender a decidir, pero sobre todo, a asumir nuestros roles; algo que en la infancia no nos pasa por la cabeza.

Las puertas del ascensor se abrieron y la mamá toma al niño de la mano. El pequeño se me queda mirando y me sonríe. Lo miro fijamente y le digo adiós. En 25 años, cuando yo vaya para los 60,  él será el que piense “¿a qué horas crecí tan rápido que ya me llaman señor?”

***

Es bueno a veces hay preguntarse qué pasó con los sueños de la niñez, ¿usted cuando niño, qué soñaba ser cuando grande? Déjenos su comentario, es bueno revivir los recuerdos de la infancia.

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