A los treinta se aprende

Por: Florencia.
Dar el paso desde la díscola juventud a la adultez, es una de las tantas etapas que toca asumir en la vida; aun cuando no estemos preparados para ello. 

Cuando entré a los 20 veía muy lejos las responsabilidades de la adultez: pagar cuentas, servicios, trabajar y hasta encontrar pareja. Mi mundo se reducía a la mesada que me daban mis padres, las rumbas con mis amigos e ir a la universidad. Tuve suerte de tener todo eso.

Después me fui dando cuenta que con el tiempo, ya no era la misma jovencita de antes. Tuve que salir al mundo a buscar trabajo, endeudarme, preguntarme qué carajos quiero en la vida, comprarme mis cosas, responder por gastos de la casa, irme de viaje y hasta tener una relación estable. Las cosas de la vida no eran tan fáciles como pensaba.

En pocas palabras me estaba haciendo adulta y no me había dado cuenta. Pese a que aún me pedían mi identificación para entrar a un bar y ahora me costaba trabajo trasnochar y salir de rumba; lo mío no era sufrir de guayabos inmarcesibles. Con el tiempo, amé, odié, pagué, perdí, fracasé, triunfé, mentí, lloré, administré, ofrecí… y al final crecí.

Dejé de ser una muchachita. Y conmigo, todo alrededor cambiaba. El mundo lo hacía, hasta más rápido que yo. Mis conversaciones con amigos empezaron a ser sobre trabajos, matrimonios, salarios, tasas de interés, política, la economía familiar y otras cosas que en mi infancia me parecían aburridas e insensatas.

Lo bueno de ser un adulto, es que uno puede disfrutar la juventud, con madurez y con dinero

Y lo bueno de todo eso es que se aprende. Y mucho. A los treinta, uno no comete los errores de los veinte. Lo bueno de ser un adulto, es que uno puede disfrutar la juventud, con madurez y con dinero. Y solo por esas dos cosas valen la pena.

Si usted pensó en que nunca iba a llegar el momento en que iba a resultar tomándose un trago con el tío mayor y cantando a grito herido los boleros que cantaban sus padres, es porque quizás tampoco pensó que iba a crecer tan rápido.

Pero no se asuste. Lo mejor de esta etapa tan trascendental, es que uno se puede dar el lujo de pasar la página y empezar de cero, pues ya ha tenido bastante experiencia juvenil para no saber por dónde ir.

Hoy puedo comer, reír, disfrutar, decidir, madrugar, sufirr, cambiar, encontrar, parrandear, y hacer lo que quiera, con mas confianza que la que hubiera podido hacer a los veinte.

Le aseguro que si usted está leyendo esto, es porque al igual que yo aún se pregunta muchas cosas, pero también va por el camino correcto y para eso estamos, compañero. Al menos podremos darnos palmadas en la espalda.

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